Las patas cortas de Romina
Mentir es una labor sutil; es una labor que requiere constancia, buena memoria y calidad en la terminación. Para mentir hay que tener vocación, entrega: Mentir no es para cualquiera.
No voy a entrar en diferencias de género, aunque la tentación es grande: las mujeres adoran las exageraciones, mientras que a los hombres les encanta la peripecia y la complicación. Y sin embargo hay un detalle de genero relevante: los mentirosos siempre son detestables, pero las mentirosas pueden ser deliciosas.
Romina se inició mintiendo en pequeños detalles, en anécdotas inofensivas: Que te llama más tarde porque está en la peluquería, que también la compró en otros dos colores, que su abuelo es millonario, que su periquito recita. Pero rápidamente surgieron las primeras complicaciones y Romina comenzó a transpirar.
El problema principal de las mentir, es que es un recurso dinámico. Una mentira necesita siempre de otra mentira: Si compró 4 remeras tiene dinero. Si tiene dinero, no puede vivir en Fate. Si vive sobre Libertador, su padre no es remisero, su mamá no limpia casas y su hermano no vende celulares.
El problema secundario de mentir es la realidad. Las mentiras no siempre armonizan con el entorno: Usamos ese auto porque el otro está en el taller, mi mamá me espera en la otra cuadra porque no quiere saludar a nadie, le arranqué el cocodrilo porque no me gusta aparentar.
Hacía un tiempo ya que Romina había quedado al descubierto. Sin embargo, la dejamos seguir. Sus inconsistencias eran tan grandes como nuestras carcajadas, y lentamente se fue hundiendo con nuestras preguntas ponzoñosas e investigaciones descaradas.
Sumida completamente en una rutina de espejismos y alucinaciones, Romina perdió por completo el sentido de la realidad e inauguró oficialmente el Festival Nacional del Delirio. Tuvo algunas creaciones memoriables: Su viaje al concurso de trineos en Canadá organizado por el fan club de Bryan Adams, su trabajo de modelo en las publicidades de Caro Cuore y sus romances con el chiquito de Brigada Cola y Ricky Martin.
Finalmente llegó a hacer cosas atroces: Saliendo del colegio luego de rendir materias, sentimos un murmullo detrás de un arbusto. Entre las hojas, apareció una mujer mayor. Se disculpó por no traer la dentadura puesta, mientras se cubría la boca, avergonzada. Estaba nerviosa, se peinaba el pelo de virulana y se acomodaba un batón floreado y vulgar. Nos pidió noticias de Romina, que todavía rendía exámen adentro; era su mamá. Nunca llegamos a contestar, porque su cara se se borró de un tirón. A lo lejos, su hija la arrastraba de un brazo, furiosa, herida, con el llanto atragantado en el alma.
Romina se desvaneció y no la vimos en mucho tiempo. La encontramos dos años después: se había platinado el pelo y cantaba Madonna con voz de pito. Cuando llegó el primer café, ya había arrancado con el relato del viaje a San Francisco. Era la misma de siempre. Nuestra Romina, la mentirosa.
¿Puede confundirse una vista al Llao Llao con amor verdadero? La respuesta es sí.
Cuando yo era chica, tenía una compañera de colegio, que tenía la Mansión Barbie y una caja de lápices de 320 colores. En ese momento, mi inocencia arrojaba una reflexión que más tarde supe falsa: Había una suerte de justicia divina, ella tenía lápiz dorado y plateado, pero era fea.
Mas adelante, la máxima sufrió una mutación: Billetera mata galán. Las feas adineradas casi nunca saben lo feas que son. Por extensión, no son feas.
Supongamos que hay tres vías para conformar la imagen que una tiene de sí misma, es decir, para saber si una es linda o fea: Referencias, feedback y experiencias.
En el caso de la fea adinerada, las referencias (Lo que la sociedad indica como bello) están distorsionadas. La publicidad dice que si tenés un Citroen, tenés a a Brad Pitt. Si comprás Revlon, parecés Halle Berry. Ella tiene el Citroen y tiene cosméticos Revlon. Tiene la ropa que usan las modelos, el último corte de pelo y la gimnasia de Algas Modeladora Laser Infinito Triple Punto Rojo. Conclusión: Ella es modelo.
El feedback es aún más confuso. De pequeña nadie le dijo que era fea porque todas querían jugar con la casa de Frutillitas. Por ejemplo: Una amiga pasa una tarde en casa de la fea. Toman sorbete de agua de rosas, las abanica una niñera y juegan con el parque de diversiones Pin y Pon. La invitada la pasó tan bien, que su reflexión es engañosa: Con la fea me divierto más que con otras. La fea es mi mejor amiga.
En cuanto a la experiencia, no queda mucho más por decir: La fea siempre tiene un novio presentable, que la adora y que la mira como si fuese linda. ¿Cómo no creer que es amor, si ella le compro tardes naranjas en la Polinesia, sábanas suaves y calientes, veranos bajo el sol brillante de Punta del Este, un auto con un moño multicolor en el techo? ¿No es más fácil enamorarse cuando todo está resuelto, cuando no hay contrariedades? Así y todo, nadie engaña a la fea. El novio siente amor, las amigas, cariño. La razón es otra, pero no importa demasiado. ¿O no tenemos todas una amiga con la que sólo compartimos el pasado y la tradición?
Destino maravilloso el de la fea adinerada. Ser fea sin serlo. Qué más se puede pedir.